El periódico es lamentable, a veces no sé si lo leo por aburrimiento, para decir que estoy al filo de la noticia, para sentirme con los tiempos, para abrir la boca y no cerrarla, para...no lo sé. Pero hoy hay una de esas noticias que, no entristeciéndome tanto como otras, me ha dejado tocado. Como preguntándome si merece la pena el esfuerzo.

Se trata de dos ancianos residentes en un geriátrico y de sus familias. Uno muerto y el otro confundido. Es decir, confundieron al vivo con el muerto, fue enterrado y velado por la familia del vivo, y nadie se dio cuenta. A los días, el hermano del teórico fallecido se lo encuentra, al ir a recoger sus pertenencias, desayunándose un café con leche con bollos. Le dio el consiguiente soponcio, ante la sorpresa del “hambriento resucitado” y, supongo, de cuantos habían cometido tamaño error en la residencia.

La noticia hace hincapié en la familia del neonato, en la restauración administrativa de su estado de vivito y coleando, y en su merecida pensión. Yo me pregunto más por el muerto, por su triste entierro al lado de sus queridos familiares "de otra persona", y por los suyos auténticos. Me pregunto por esta sociedad que maltrata no nacidos, niños, mujeres, hombres y ancianos, dejándolos olvidados en lugares donde se olvidan de sí mismos y donde nadie parece reconocerlos. Me pregunto por qué miramos a otra parte. Me pregunto por esa falta de humanidad generalizada, por este trato frío que se impone.

Me pregunto por nuestro triste final. En un geriátrico, abandonado, sin nombre, sin familia, sin recuerdos, sin entierro ni velatorio. Absurdamente solo. Es posible que lo merezcamos, pero sigo teniendo esperanza en que nuestros niños cambien esto.

La foto es de un blog, el reparador de sueños.

¿Se parecerían tanto?