Es lo poco que me queda tuyo, aquella sensación, las mañanas distintas de una alegría olvidada. Y abatimiento, también el de la quilla de este maltrecho barquito de papel. Eso y los tonos cálidos de tu rostro, que hacían sombra al inmenso sol de Cádiz. Levante, fuerte e intenso, con mar de fondo. Como tú, seco y cálido, al tiempo. Y tu sonrisa, esa que decías era tan extraña. Y tus canciones de amor, siempre en castellano, mintiendo. El mar, enmudecido en tu presencia, y Málaga en el recuerdo.

Hace mucho que no sé nada de ti, que te has esfumado como el viento, yo no te sigo. Menos a esa tu distancia, en la que siempre me has mantenido, dudando y negando entre tus silencios. A rachas, y fuertes. A tu antojo. Una de cal y ciento de arena.

Estoy cansado. Llevo tiempo varado, esperando, sin tomar un camino. No quiero pasar Gibraltar, otra vez, malditos ingleses. Ayer toqué fondo, entre tantos naufragios previstos. Pero ayer encontré la roca, y estaba dura. Ya no miro atrás. Cambio la derrota, a la fuerza, quién lo sabe. Sin ímpetu, eso no se tiene cuando se abandona.

Miro al cielo, atardece, colores pálidos, nubes al fondo, en África. Mañana hay tormenta, mañana viene de poniente. Tengo poco tiempo, ojalá venga fuerte, húmedo y frío, como tú eres. Ya no existes, ya no hay nada para mí más allá de Tarifa. Espero ese sonido en las velas.

Vuelvo a casa.