Entré al bar de Moe, como siempre hacía durante aquel tórrido verano. Mi rincón de la barra estaba libre y la cafetera suspiraba los últimos rescoldos de un café bien cargado, quizás el último de ese largo día. Allí estaba Burt, como una pieza más del mortecino decorado. Oscuro, triste, siniestro. Alzó la cabeza y me gruñó como pudiera hacerlo cualquier perro. No le hice mucho caso.
La taza estaba caliente y hacía un calor insoportable. Justo en ese momento reparé en ella, un punto de luz en toda aquella podredumbre de madera vieja y cuero. Estaba al final, casi escondida, detrás de lo que me pareció un bourbon. ¿Intuición? Reconozco que esa botella de Jack Daniels me ayudó a suponerlo. Rubia, bonita, joven. Le hice un gesto a Moe, que andaba sacándole brillo a un vaso largo. Mejor que hubiera lavado el trapo.
Se me acercó con esa cara de pícaro repugnante que ponemos ante una buena oportunidad y fue conciso, no habla mucho. Lo hace por beber, dijo. Sentí, en ese mismo instante, el aliento maloliente de Burt, más que evidente a menos de quince pasos. Sí, y no sabes como, me espetó el miserable. ¿Has probado, Burt? No me contestó, solo siguió sonriendo.
Me sentí tentado, por un momento yo podría haberme convertido en uno de aquellos tipos, padres de familia, novio de sus novias, hombres respetables de la comunidad. Sí, pagar la botella, no era Chivas Reagal, y llevármela a cualquier rincón. Arrebatarle algo más de lo que pudiera quedarle de inocencia. Quizás de amor propio. Y entre aquellos pensamientos sólo pude escuchar las risas burlonas y sus voces que repetían en voz alta la misma palabra. Una cualquiera.
Me marché de allí no sin echarle un último vistazo a aquella infeliz. Sentí una gran compasión por ella pero me comporté como suelo hacerlo. No meterme en donde no me llaman. Pensé en todos aquellos individuos, en todos los que se habrían cruzado en su desdicha. En su soledad. Tenía asuntos que resolver aquella misma noche. Un buen samaritano hubiera hecho otra cosa.
Months later...
Aquel invierno fue duro, frío. Mi café seguía en su sitio, la podredumbre también, incluso el sucio trapo de Moe, pero aquella noche no estaban ni Burt, ni aquella mujer sin nombre. Moe me entendió el gesto, siempre lo hace. Me contó sobre la última fiesta, sobre la esposa de Burt, sobre su escándalo en los servicios con un pollo de buena planta y malos hechos. Me contó la pelea y sus problemas con la policía. Me contó que nunca había vuelto a ver a Burt, su mejor cliente sin duda.
Pagué mi café y me abroché el abrigo. Hace frío Moe. Es cierto, contestó. ¿Sabes algo de aquella mujer? Hace tiempo que no viene, quizás tenga algo fijo. La verdad, no me gustaba verla por aquí, ya sabes, la reputación del local. Sí, te entiendo. No era más que otra cualquiera, ¿verdad Moe?
En ese momento nuestras miradas se cruzaron. Moe parece no mirarte nunca. Creo que lo hizo, y lo entendió todo.
Salí fuera. Era cierto, hacia frío, mucho frío. No he vuelto a saber de Moe, y el bar anda cerrado hace tiempo.
Basado en una true history. Bar de moda, niños pijos, 30 y 40s, con vaqueros, como si fuesen todavía a la Complutense. Conversaciones cultas, políticamente correctas, música de los 80. Ni xenófobos ni fascistas son admitidos. Closed.

¿Disfunción cerebral? Yo conozco, de oídas, la disfunción erectil. Sin embargo me gustaría pensar que, debido al completo strip tease de mi corazón que te hago casi a diario, no existiese ningún fallo apreciable, íntimamente, digo.
Ese relato tiene un defecto que se te ha escapado. Fíjate.
(Te lo digo con cariño)
Verónica, agradezco te lo he..., y tienes la puerta abierta. Gracias. Y lo del cariño me encanta.