Hago el juramento de la hormiga atómica para decir lo que voy a decir. Y que conste que lo hago desde la esperanza, mínima eso sí, de que a alguien le sirva para algo. También desde el punto de vista, algo misógino, de un hombre, que por otra parte no tiene tampoco una buena imagen ni de sí mismo ni de sus congéneres masculinos. Sociedad entera, vamos. Y doy esa palabra para decir que tenía idealizadas a las mujeres, como atenuante.

Entro al trapo. Ayer, por estos recovecos bloggerianos, di con un par de mujeres, entre tantas, que vienen a reflejar esa imagen que dan ahora, o que nos dan a algunos, por desgracia muy habitual. Es como una especie de plaga, de terrible pandemia que se mete entre cualquier rendija, por pequeña que sea, afectándonos a todos, de una manera u otra. Es, agárrate a la silla, el síndrome de la reina de las cucarachas.
¿No lo conoces? Sus síntomas son evidentes. El primero es la perfección, una autoafirmación de sublime divinidad en todo lo que las rodea, de ser las superguays, las mejores en todo, sentimiento, obra y omisión, porque si bien es cierto que esto no es propio de un solo sexo, lo es también que afecta más a las mujeres. Sólo tengo que levantar la vista de la pantalla, siete. Su espectro son féminas, da igual el estado (civil digo) aunque suelen ser solteras, separadas, es una de sus consecuencias, entre los veintitantos y cuarenta y alguno, de clase media o superior, cultas, inteligentes, independientes, autosuficientes y liberadas. ¿Os suena? Además, se cuidan, suelen ser atractivas, o intentan parecerlo si la naturaleza no se estiró mucho ese día, y aunque podrían perfectamente pasar sin un hombre, lo cierto es que lo anhelan, al menos un ideal de hombre que cumpla esos cánones. Son personas, qué le vamos a hacer. Pero ahí está el problema.

No deja de ser verdad, tampoco, que a mí me gustan así, pero todo en su justa medida, y aquí es donde fracasa el asunto. El término medio suele ir de la mano de la imperfección.

Ayer, ahora anteayer, una de estas exponía su ideal con una especie de parábola donde un hombre le preguntaba a una mujer de estas características qué podría ofrecerle. Ella, en su inmaculada pulcritud sin tacha, le exponía cuales eran esas expectativas. Vamos, una especie de Hans Solo, Luke Skywalker poderes incluidos, con pasta a ser posible (ya sabemos lo que les gusta) y, esto cuesta decirlo, John Holmes, bueno ahora sería Nacho noséqué.

Efectiviwonder, el “probre Miguel, que hace mucho tiempo que no sale”, y no sabe como anda el patio, se queda muy sorprendido y sólo puede decir, tú pides mucho, ¿no?

Ella, bueno, las dos, ella y la autora le responden, sí, pero es que yo valgo mucho. Las dos, supongo, son las mismas que afirman unos días antes que eligieron la soltería como la mejor opción.

La otra, la segunda en escena, no le va a la zaga. Parte de las mismas premisas, pero además parece atractiva. La anterior al menos reconoce un problema con la báscula, lo cual no le quita nada, pero esta es otra cosa. Mamá y “treintona”, pero cuidada. Eso dice. Cómo me gustan, menudas vecinitas tengo. Ya sabéis, esas mechitas, esos trajes de chaqueta. Su pregunta era: Qué les pasa a los hombres, que siendo yo como soy no me quieren, aunque puedo estar sin ellos, por supuestísimo. Me intrigó, no es la palabra pero que valga, así que descubrí uno de sus anteriores artículos, muy ad hoc, muy aleccionador.

Contaba un fin de semana con un nuevo conocido, alucinante. Yate, esto ya da bastantes pistas, cenitas, mar, bamboleo de la marejada, velas, no de las de tela, sexo, más sexo, más cenitas. En fin, todo maravilloso. Eso sí, un hacha en la cama, y además galante, atento, masculino, sensible, cariñoso, y ya el colmo, todo para ella. Y es que insiste, se olvidaba de sí mismo. El ideal, por fin, mira que suerte tienen algunas. Pero aquí viene lo bueno. La acompaña al avión, la despide con un beso a lo Casablanca pero en color y, ojo, ya no la llama el pérfido hasta la semana siguiente. Ni un mal mensaje vamos, increíble. Así que ella actúa en consecuencia, pese a cuestionarse cómo es posible. El desprecio y la pena, la pena hacia él, porque él se lo pierde. Evidentemente.

Y ahora yo, que soy así de borde, aunque si tengo un ápice de mala intención que me quede en el sitio, imagino. Y qué bueno. Ella me invita a su casa, maravillosa, las dos digo. Su casa, jardín, piscina, vistas al mar, y ella aún más, como Conchita, lo dejo ahí. Anfitriona, cocinera, esclava sexual, o incluso mi ama, me da lo mismo el rol. Para morirme ya con su cariño, sus besos, su atención, pero yo a lo mío, eso sí. A verlas venir, a correrme como mucho donde ella diga, pero “tó pá mí”. El paraíso musulmán, o parecido. Después me acompaña a la salida, agarro el buga y pá Madrid, no sin antes meterme la lengua hasta el ombligo, echarme mano allá y decirme que soy suyo, para el viaje.

Y llega el lunes y espero que me llame. Y el martes, y el miércoles. Y ya el jueves, en el bareto con los amigotes del fútbol (encima esto), voy y lo cuento, con detalles, con las volteretas, las piruetas y los masajitos de pies. Y las exageraciones, que para eso somos imperfectos hombres “humanos”. Y luego la puntilla, joder, será puta, y encima no me llama.

Yo no sé si estos colegas, no demasiado sensibles todo hay que decirlo, me darían una samanta de hostias muy merecida, pero desde luego pensarían lo gilipollas que soy. Las mendas de la susodicha le dan la razón, en cambio.

Lo dicho, la reina de las cucarachas, el síndrome. El símil es por como mueren, boca arriba y abriendo las patitas. Ya está. Eso sí, muy divinas.