Los domingos por la mañana mi mujer me tiene siempre la salidita de rigor preparada, niñas, bártulos, coche y lo que haga falta. Las comidas con su familia son lo habitual y yo ando descolocado, mucho más desde que pasaron algunas cosas, desde que descubrí que el yerno, el marido de la sobrina, o el esposo de ella no era más que eso, un elemento decorativo. No me tratan mal, pero claro, yo no tengo esa posibilidad de relación familiar. Me trato poco, o mal, con lo que me queda, y soy huérfano desde niño. Así que me toca tragar y pensar entretanto como sería la mía si ella viviera, mi madre. Quizás no fuera mucho mejor a tenor de los hechos, pero eso no deja de hacer que la recuerde siempre.

Con esas premisas intento entrar en conversación, como dicen allí, soy muy ameno, hasta divertido, y sin chistes, que es más complicado. Pero a veces me cuesta, el payaso no sale, y juro que cuando lo hace siempre tiene ese punto de tristeza dentro, el de un público que no es el mío. Yo también ando sin lugar de nacimiento.

Cuando no termina de aparecer, cuando la compañía se me atraganta, cuando soy incapaz de ese esfuerzo o de jugar con las pequeñas, o tan siquiera de ayudar en la cocina, me pierdo. Las opciones son pocas, tirar de pasos, de coche o incluso de prensa. Huir. Y así, huyendo terminé en una de esas gasolineras con shop, hay que joderse. Me fui hacia las revistas, seguramente guiado por una gachí despampanante que le echaba el ojo a un tipo de esos con los abdominales bien marcados. Men no sé qué, o algo parecido. Fui como las moscas a la miel, y me dije, si yo tuviera esos abdominales sería capaz de subirme la camisa y decirle algo. Pero claro, grasa tengo poca, pero tampoco veo los abdominales por ninguna parte, aunque estar están. A ver…..sí, están.

En un acto de gilipollez propia de un adolescente inmaduro, no me diferencio tanto de esto, y viendo que mi revista de locuras domingueras no estaba, cargué con el individuo en cuestión bajo el brazo, cual metrosexual en ciernes. Pagué aquello, que me salió del alma, y tan siquiera fui capaz de volverme y ver la cara de sorpresa de la menda, que seguro la puso. Y volví a esa casa que no es la mía, ni lo será nunca, con semejante cosa, y con el rabo, muy normalito, entre las piernas, todo hay que decirlo. También con el periódico y el suplemento, eso sí, las formas son las formas. Al menos la dependienta, algo menos exótica, me tiró una sonrisa que por inocente me hizo recuperar el sitio. Cómo me gustan las dependientas, quizás sea una simpatía mutua. Sus sonrisas, su tristeza, me voy del tema.

Conquista a cualquier chica, los abdominales perfectos en 15 días y sin cirugía, gana más, compra lo mejor y lo más caro, que para eso ganas más, sé más guapo y ten eso un poquito más grande, o al menos aguanta en la cama como un campeón gracias a esa dieta milagrosa de carbohidratos superproteicos con la grasa bajo mínimos, con lo rica que está. Muchos anuncios de insignificancias innecesarias y carísimas, con “hombres” poniendo cara de interesante delante de la cámara, la mirada aquella de Derek Zoolander, al menos era divertida, la misma, pero tiene su punto. Y de vuelta con el sexo, con el tamaño de los músculos, de todos, y ellas. Sí, también salen. Provocativas, muy sensuales, muy provocadoras, muy idiotas, muy objetos. Luego se quejan, pero todas quieren serlo. No entiendo nada.

Lo que más me sorprendió es la apología de la soltería, una soltería muy lejos de las de aquellos años en las que en el agraviado era poco menos que un paria, fuese él o ella. No, esto es distinto. Se valen muy bien por sí mismos, son autosuficientes hasta en el corazón, aunque sus neveras son más bien patéticas, y follar también follan, además con variedad en el género, y no hablo de género sexo sólo, sino de mercancía. Aunque algo menos que los pobres casados, según esas estadísticas que nunca sé de donde sacan. ¿A quién le ha preguntado alguien alguna vez? ¿Una encuesta dices? Pero claro, está la variedad. Un detallito sin importancia. Como decía aquel, “en cambiando de jaca”, ya me contarás. Así cualquiera, lo digo por los tiempos, los que parecen marcarse para batir encuentro tras encuentro, o por los polvos, los seguidos. Y sigo yo con lo que iba. Me sorprendió, porque toda la revista es un canto a la sexualidad, a la relación, a la amiga íntima, ocasional o no, a hacer todo y para ese fin. A toda una dedicación que va desde el madrugón para hacer jogging, footing o lo que sea, hasta el fitness, pasando por la peluquería, el esteticista (para que no me digan machista), la sauna, el modisto, los complementos del corte inglés y la perfumería pseudo-joyería, por los precios digo. Pero claro, sin compromiso, sin ataduras. Libres como pajaritos. Y el rolex, se me olvidaba.

Siempre me ha hecho mucha gracia, aunque no dejen de gustarme algunas cosas, esa fijación femenina por la provocación a cualquier precio. Los tangas de ahora son un ejemplo. Sé que se meten por allí, sé que, por mucho que digan, son incomodísimos. Lo sé, y lo digo, porque me regalaron uno y cometí el craso error de ponérmelo para una cenita de esas con final feliz. La última, con eso. Pero es la moda, y ellas los llevan, e incluso los justifican. Con esto pasa lo mismo.

Después de la vorágine consumista, y yo no sé si calificar de feminista, neomachista o tonta del culo, me metí en el foro de la revista, por seguir con el dolor de músculos abdominales, mira que si riéndome llego a levantarle la camisa a aquella. Y claro, derechito a la parte sexual, que a todos nos gusta. No vaya a ser que estos tipos al final sean los que mejor se lo pasan en la cama, yo por eso soy capaz de cualquier cosa, eso sí, consciente de mis posibilidades. Pero se me cayó el sombrajo, nada más llegar. Nivel paupérrimo, ya me extrañaba a mí. ¿Un ejemplo? Vale. Uno de los individuos en cuestión preguntaba por las consecuencias a la larga de sus prácticas. La cosa es sencilla, se anestesiaba el pene antes de las relaciones, sin que ellas se dieran cuenta, para aguantar más tiempo. Según él mantenía la erección con bastante insensibilidad, alargando la coyunda en unos veinte minutos. Ya no sé si su duración normal sería uno o diez, pero veinte más se marcaba por el morro, quedando como un marqués, porno en este caso. Los demás no le iban muy a la zaga, con unas preguntas de párvulo ñoño, pero, la verdad, no me podía esperar otra cosa. La anestesia la llevan en el cerebro, sin necesidad de comprarla en la farmacia, y las consecuencias son estas. Ellos y ellas, por supuesto.

Follar follarán, pero hacer el amor es otra cosa, y desde luego una relación también. Y aún para hacerlo con poco amor se disfruta más con cabeza. Quizás lo que no nos dio la naturaleza...¿Con anestesia?

Bueno, me voy a hacer pesas. A ver qué pasa.