Pues sí, lo reconozco, lo que había escrito me había quedado un pelín cargante. Y machista. Mejor borrarlo. No, no lo soy, o no quisiera serlo, me avergonzaría, aunque puede que lo sea un poco. Aquí al radical le revientan los extremos, todos, y odiar no odio a nadie, excepto a algunos, los que no respetan lo más elemental. Los demás, ellos y ellas, los que se equivocan, los que cometemos tantos errores, pues eso, me odiaría a mí mismo. A veces pasa, soy un lechado de virtudes, pero sólo a veces.
La verdad es que me crié entre mujeres, me relacionaba con ellas todo el tiempo. Mi madre siempre les decía que yo era de fiar, y cumplía a rajatabla con el silencio impuesto, con mis piernas desnudas colgando de la silla y empapándome, eso sí, de todo, por supuesto. Siempre he sabido escucharlas, y las comprendo, o lo intento. De hecho, me meto en sus foros, ahora en esta moda de Internet, creándoles a veces unas falsas expectativas que nunca podría cumplir. Hace tantos años que ni me acuerdo, incluso con el MS-DOS, qué tiempos. Las mismas que he creado en la vida real, eso sí, seguida de la decepción correspondiente. Si yo contara. No lo hago con esa intención, con ninguna de las dos. Y siempre ha sido así, puede que las necesite, y va a ser sin puede. Ahora recuerdo una de esas celebraciones familiares, no hace muchos años, varias familias, padres, madres, hijos, nueras, yernos, nietos. Al final quedaron todas las mujeres a un lado, hablando de sus cosas, y los hombres a otro, con las suyas. ¿Dónde estaba yo? Me llamaron, pero no fui, siempre las he preferido a ellas. O a los niños. Es mucho más divertido, y hablan mucho mejor. Que he dicho que no, que me quedo aquí entre faldas, que es lo mío. Ni punto de comparación.
Luego tengo hijas, solo hijas. Es curioso, me decían si quería un niño, claro. Qué sorpresa, yo prefería niñas, rezaba porque fueran niñas y no me escondía en decirlo, siempre con la consiguiente referencia a la salud, pero con los dedos cruzados, niña, niña. Así mi cara de alegría y la de enfado de mi mujer, y el médico que no sabía de qué iba la historia. Incluso ellas, las preguntonas, se asombraban. Eso es de su propiedad, suele serlo.
La verdad, si se pudieran poner todos los tipos de amor en una balanza y en cada plato un sexo, no habría color. Las mujeres ganan en mi caso.
Tanto es así, que durante un tiempo las vi mejores, quizás porque me rodearon mujeres especiales, hoy lo creo. Siempre pensaba que lo eran, en general, que en el fondo si ellas conseguían acceder al mundo de los hombres todo podría mejorar un poco. Tengo que decir que me he llevado una gran decepción, pero puede que esta no sea más que una extensión de la decepción por todo. Incluso he llegado a pensar que, teniendo la oportunidad de ser distintas, la han dejado escapar. Al final vienen a copiar todos los defectos, y copiar no es la palabra. Tan siquiera eran propiedad del hombre. Lo reconozco, me duelen más en ellas, pero yo soy el único culpable de eso, por haberme inventado un sueño. Para ser sincero aún me queda un poco de esperanza, e intento buscarla, aunque ya no tiene sexo, al menos tan definido. Es curioso, me resulta insoportable esa imagen de hombre macho. Dejémoslo así, que cada cual piense lo que quiera. A veces no me aclaro.
El síndrome de la reina de las cucarachas es un símil. Esos insectos mueren patas arriba, sin saber muy bien por qué. Lo utilizo desde hace tiempo para definir a un tipo de mujer, grotescamente lo admito, que por desgracia creo que se ha convertido en una especie de tótem. Hablo de mujeres autosuficientes, independientes, inteligentes y preparadas, que, sin embargo, no saben lo que quieren. Su apariencia exterior está estereotipada, no creo que haga falta esforzarse mucho a estas alturas de película. Son tan típicas que casi se las reconoce al verlas, y de lejos. Y hasta ahí es admisible, todo. Su problema es que se han creado una falsa divinidad, ellas mismas, sus vidas, sus existencias. Por eso la postura, la inactividad, y lo otro. Os aseguro que conozco muchas así, me he encontrado con ellas en muchos lugares, son pluscuamperfectas y lo cantan a los cuatro vientos. Las superguays que dice Carmen Posadas, para que esto no sea un invento mío. Me sorprendio que ella, feminista no al uso, también lo vea. Es como una plaga, una pandemia de falsedad, de apariencia. Puede que lo que más odiaba del otro lado.
Lo peor, en cuanto a su vida conyugal, es que pretenden esa perfección en ese hombre ideal que anhelan. Como nos pasa a todos, todos idealizamos algo, para qué engañarnos. Pero ay de ellas si lo encuentran, y ay de ellas si no, qué soledad más perfectamente triste les espera.
Lo peor de sus otras vidas es que son insoportables. Pero ellas pensarán lo mismo de mí, les doy motivos.
La imperfección nos hace humanos. Y el perdón, que es una palabra poco de moda, se aprende mejor a partir de uno mismo. La conciencia de nuestros propios defectos es la comprensión de los del otro.
Yo también me equivoco, mucho. Y a ella intento perdonarla, quiero hacerlo, precisamente por eso.