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La Coctelera

Categoría: amor?

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Mar de Alborán, law šá lláh

Es lo poco que me queda tuyo, aquella sensación, las mañanas distintas de una alegría olvidada. Y abatimiento, también el de la quilla de este maltrecho barquito de papel. Eso y los tonos cálidos de tu rostro, que hacían sombra al inmenso sol de Cádiz. Levante, fuerte e intenso, con mar de fondo. Como tú, seco y cálido, al tiempo. Y tu sonrisa, esa que decías era tan extraña. Y tus canciones de amor, siempre en castellano, mintiendo. El mar, enmudecido en tu presencia, y Málaga en el recuerdo.

Hace mucho que no sé nada de ti, que te has esfumado como el viento, yo no te sigo. Menos a esa tu distancia, en la que siempre me has mantenido, dudando y negando entre tus silencios. A rachas, y fuertes. A tu antojo. Una de cal y ciento de arena.

Estoy cansado. Llevo tiempo varado, esperando, sin tomar un camino. No quiero pasar Gibraltar, otra vez, malditos ingleses. Ayer toqué fondo, entre tantos naufragios previstos. Pero ayer encontré la roca, y estaba dura. Ya no miro atrás. Cambio la derrota, a la fuerza, quién lo sabe. Sin ímpetu, eso no se tiene cuando se abandona.

Miro al cielo, atardece, colores pálidos, nubes al fondo, en África. Mañana hay tormenta, mañana viene de poniente. Tengo poco tiempo, ojalá venga fuerte, húmedo y frío, como tú eres. Ya no existes, ya no hay nada para mí más allá de Tarifa. Espero ese sonido en las velas.

Vuelvo a casa.

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como el hijo de la mar


Aún te recuerdo, no me preguntes el motivo. Aún, desde todo lo que me hace el no recordarte, el no deber hacerlo, el no quererlo. Sí, mi ridículo, tu desprecio, mi inseguridad, las conversaciones sin sentido, mi espera, hasta la intención puesta en romper desde el hastío lo que nunca existió. La puse, qué remedio. También la intuición, la lectura entrelíneas, la sonrisa de la ironía que se mira a sí misma en el espejo, cuestionándome el sinsentido, tantas cosas. Es cierto, pese a la clarividencia si es que he llegado a tenerla, al reencuentro con quien nunca debí dejar que se alejara, al sentimiento de algo que ya creía irremediablemente perdido. Y al empeño, en un intento ciego e inconstante de recuperarlo. Aún con todo eso, el todo y la nada frente a frente, o casi, te recuerdo.

En tu lado de la balanza apenas había ilusión, algunos sueños, sensaciones, estados de ánimo, palpitaciones. Mirarte, oírte, ese nudo en el estómago, esa falta de aliento. Nada más, y alguna pequeña esperanza. Muy pequeña. También unos cuantos amaneceres distintos, en soledad, pero sin estar tan solo. La vida tenía otro color, eso no se olvida, pero se esfumó en el vacío del desinterés, sin haber visto siquiera el sol detrás de los árboles. Demasiado fugaz para ser cierto. ¿Y después? Nada. Tan siquiera un comentario, un atisbo de luz. Tus interminables silencios, tu perseverancia para desilusionarme. ¿Crees que no me di cuenta? Yo solo quería ver lo que se te escapaba entre los dedos.

Y con tan poco, con casi nada, te miro de vez en cuando, ahora que no existes, sabiendo que ya estás muerta, que yo mismo te he matado, aún sin vida. Una píldora del día después, o de los años sí quieres, que lo han sido, matar algo que no sabes si tan siquiera ha existido, si tuvo esa intención al menos. No hay motivo para que aparezcas sobre la almohada, no hay razón, rompo lo más sagrado haciéndolo y tan siquiera es como castigo autoimpuesto, algo en lo que me he vuelto un experto. No me conozco, no sé quién soy, no sé por qué nada ahora, ni hace tiempo. No sé lo que quiero. Estoy perdido. Otra vez, tantas veces ya. Pero en tu ausencia también muere algo mío, y puede que su existencia haya sido esa, la propia muerte de algo no nacido.

Tengo lo que tanto quise en otro tiempo, o algo que se le asemeja, pero sigue ahí la decepción, el dolor de no haberlo tenido antes, de no entender los motivos, las causas, los porqués. Luego no cesan las preguntas, el tiempo perdido, las heridas que me atormentan y siguen vivas. Una extraña sensación de no estar en el sitio adecuado, en el momento adecuado, de que falta un ingrediente, una ecuación que demuestre la teoría de una fórmula incompleta. No soy capaz de encontrarla. Yo, que vivía por ella, por ella, sólo por y para ella.

Ausencia y desesperanza, hasta de mí mismo.

Hoy maldigo el viento, el mar, hasta este velero desvencijado. ¿Recuerdas mi barco? Pienso en hundirlo, en perderlo todo, pero no soy capaz de hacerlo, nunca podría. Miento, ese es el final escrito para cuando el viento se acabe. El cielo está muy negro y sólo sé seguir luchando mientras pueda hacerlo, buscando ese hueco por donde se escape algo de luz de un cielo que se me niega. Sin rumbo, sin esperanza, sin recuerdos, desnudo, como decía Machado. Ya sé que este barco no vuela, ni volverá a soñar con hacerlo. Fue su último intento. Al final, desnudo.
Aún así, aún con todo, algo dentro de mí te sigue queriendo. Pero te juro que yo no quiero hacerlo, nunca quise, ni tampoco fue un invento.

Es sólo una mirada hacia atrás. El cielo sigue negro. ¿De qué estoy hecho?