Pasa el tiempo, lo sé, rápido. Recuerdo aquel día, es la misma sensación, la que no te quieres creer del todo aunque te llena el alma, la que no sabes asimilar tan de repente. Recuerdo tu llamada, habían pasado lustros sin oírte, apenas un café de vez en cuando, para preguntarme decías. Ya no me ilusionaban esos citas como al principio, yo seguía con mi vida, aunque no podía dejar de ir, por mucho que me lo propuse. Ya lo conté, saliendo con unas y con otras para intentar olvidarte, sin conseguirlo.
Estabas de vacaciones, con tus padres, era verano. No me planteé el motivo, me llamabas desde una de aquellas cabinas, me invitabas y yo iba. Igual que los cafés, pero más lejos, muy lejos. No conocía el sitio, siempre habíamos salido en invierno. Yo era tu muñeco de nieve. Mala época para ser eso, cuarenta grados a la sombra de un tórrido Julio, y entonces el aire acondicionado era la ventanilla abierta. Aquella mañana parecía distinta, siempre he tenido esa sensación cuando voy de viaje en coche. Salí muy temprano con un Renault 5 dispuesto a comerse el asfalto y a cuantos camiones se interpusieran en mi camino. Qué distinto era todo. ¿Era yo? Hace tanto.
El viaje se hizo largo, llegué casi a mediodía, no me esperabas en la puerta, estabas bañándote, así que me fui a buscarte tras las indicaciones de tu madre. Tu hermana me llamó a gritos entre la gente, no había mucha, y allí me planté, blanquito Madrid entre tanto moreno. Seguías sin aparecer.
No sin mucha vergüenza me quedé en bañador y me fui al agua, tras tu hermana, que hacía de guía marítima. Un grupo de gente estaba en el horizonte. Te vi, me vistes, nos besamos como amigos y se hicieron las presentaciones acuáticas de rigor. Aquí el canelo de la capi, dominguero por fuerza mayor, con moreno taxista, 50% respecto a moreno albañil decente, o con camiseta, que se ha enchufado 500 kilómetros para verme un ratito; aquí todos estos, que están sin hacer nada todo el verano, como Dios manda, y que de paso se preguntan qué haces aquí y cuánto te vas a quemar con lo que está cayendo.
Estabas bellísima, me di cuenta, claro, más que de costumbre. Muy morena, llevabas casi un mes allí, dorada, que hacía resaltar un pelo más claro en unos ojos azules inmensos. Todos estaban así menos tus hermanas, que estaban rojas, como siempre. Tú no, preciosa. Los otros también te miraban, por supuesto. Ya, a tu hermana también, lo sé.
Salimos del agua y te noté un gesto. Luego otro a una de tus amigas, me fijaba, y en la cara de ella, su sonrisa. Algo pasaba que yo no sabía. Comimos con tus padres, que estuvieron muy agradables, como siempre. No pude dejar de fijarme en tus pechos, creo que fue la primera vez que me di cuenta que me gustaban, en tu cintura, en tus piernas. Nunca había estado contigo, con gente, y tú de esa guisa, casi desnuda. Tu madre se daba cuenta, y a tu padre no quería mirarle yo.
Volvimos a la playa, a la tarde, y estuvimos solos. Tú llevabas la batuta de la orquesta, aquí entran estos, aquí se van de paseo, aquí tú, yo y este pescadito desobediente que te roza la pierna. Recuerdo que me abrazaste en el agua, recuerdo que me besaste. Un beso largo, intenso. Era el gesto de tu amiga, tu mirada de antes, las de la comida, tus atenciones, la crema que me habías puesto en la espalda. Tu sonrisa y tu pregunta. ¿Sales con alguien? No, con nadie.
Luego estuve callado, bastante tiempo. No sabía reaccionar, no podía. Llegaron tus amigos, cenamos, te arreglaste, me caí de culo al verte e intenté que no se notara. Estuvimos en aquella discoteca al aire libre, o lo que fuera. Bailamos, hablamos y luego nos fuimos a ver la luna en la playa. La luna, ¿te acuerdas? Cuando hacíamos el amor decías, o lo escribías, que había luna llena.
Era de madrugada y tenía que volver. Llegué a Madrid tarde, de mañana, sin dormir. Me miré al espejo, no parecía yo. Volví a verte. Estabas despidiéndote con una sonrisa, con la promesa de volver en dos semanas, de volver conmigo después de tanto tiempo. No parecía yo, era alguien mucho más feliz que de costumbre. Mi cuerpo, mi aliento, todo llevaba aún tu olor. A mediodía tuve que ducharme.
Siempre recordaré mi Renault 5 amarillo, de segunda mano, pero mío. Aquel viaje, aquella curva casi llegando. Te agarraste bien, amigo. Nos agarramos los dos aquel día, cada uno a lo suyo. A nuestras vidas.